La sirena es insoportable
vida cotidiana, parejas, cuento
PROSA
Carlos Rosas
1/28/2026
Terminó cansado. Ahora todo ejercicio lo minaba, ya no podía hacer lo que antes. Tras la enfermedad quedó incapacitado para acometer esfuerzos, ya no digamos grandes, sino también los insignificantes, cargar un garrafón de agua lo tenía prohibido, 20 kilos era un exceso de consecuencias predeciblemente funestas.
Ese sábado se empeñó con celo y no paró. Al despertar solo, excepcional día pues su mujer se había marchado desde anoche con su padre, sintió que era el momento de tomar la escoba y barrer todo el departamento. Después consideró que la tarea quedaría incompleta si no sacudía cada uno de los muebles. Cuando terminó vio que su obra sería insuficiente si antes de trapear no limpiaba los cinco espejos hasta borrarles cualquier gesto de mugre. Antes de tomar el trapeador lavó los dos baños, después pasó a la cocina y fregó el piso, con trapo y cloro le dio a la mesa, a la barra y finalmente al refrigerador, donde lo esperaban residuos de meses.
Repiqueteó el timbre una, dos, tres veces.
Se sintió cansado, pero siguió. Completó su canasto de la ropa sucia con la de su mujer y se fue al minúsculo patio. Abrió la llave del lavadero para que el chorro de agua lo disuadiera de cualquier intento de sentarse, puso a remojo y restregó cada prenda. Los alambres del tendedero se llenaron, reservó un espacio para la ropa que traía puesta y al final, se la fue quitando para lavarla también. Quedó desnudo.
Las sensaciones fueron intensas. Primero fue la camiseta, después el pantalón, luego los tenis y los calcetines, finalmente el calzoncillo. Cuando sintió al agua fría en sus pies descalzos y caminó un poco por el pequeño patio, más pequeño aún por las plantas en macetas que también lo habitan, cuando chapoteó con prudencia no se fuera a caer y vio con detenimiento sus dedos rosados, recordó las tardes de lluvia en su infancia, cuando en el gran patio de la casa familiar, también con muchas macetas, salía junto con Elena y Pablo, sus hermanos, a bañarse con la tormenta vespertina. Aquello era un suceso extraordinario, rebosante de placeres: el agua fría que caía con violencia inofensiva, la casi desnudez de todos en la llanura de ladrillos rojos, las guerritas alborotadas, gritos y resbaladas inimaginables en los días secos, risas, ¡agua y más agua!, ¡libertad! Algún trueno los sobresaltaba y corrían despavoridos. Luego, uno tras otro, a la regadera. Ya secos y en ropa de dormir, se quedaban en el zaguán, agotados, silenciosos, mirando el patio mojado, ya sin lluvia, y un cielo de nubes negras que de a poco abría boquetes por donde se filtraba la luz crepuscular. Los dedos de los pies y las manos permanecían arrugados.
Volteó al cielo despejado, de un azul intenso y luminoso. Fue un gozo enorme, sintió los rayos del sol que se filtraban entre la ropa tendida y le acariciaban su cuerpo con tibieza, en contraste del agua fría en sus pies descalzos.
Se estiró, alzó los brazos lo más que pudo, olfateó sus axilas, observó las sutiles curvaturas de la unión de sus miembros, se sintió vivo y feliz, inmensamente feliz. Vio su cuerpo desnudo, vio su sexo y se dijo que era hermoso a pesar de tres canas largas que sobresalían del espeso vello negro.
Hoy no tenía que esconderse ni alejarse con prisa para entrar al baño y resguardarse de presencias inoportunas. ¡Sentía! En su piel disfrutaba todo el tiempo del mundo. Había destellos en los perecederos minutos que inauguraban la tarde.
Tocaron a la puerta, con insistencia.
Recordó a su mujer, tal vez llegaría en dos horas más. La vio en su completa hermosura, extrañamente callada, acercándose a su rostro muy lentamente. Así desnudo volvió a la cocina y se regodeó con el piso lustroso, pasó a la sala comedor y el deleite fue el mismo. Sintiendo la higiénica frescura fue cuando decidió que su esfuerzo era un regalo para su compañera.
Revisó las recámaras, luego el estudio, entró y salió de los baños disfrutando de la limpieza y el orden. Fueron seis horas sin parar, sin sentarse un minuto, así que antes de entrar a la regadera tomó un descanso, breve, en su cuarto.
Acostado, otro recuerdo se hizo incontenible y estalló en rabia. Se vio niño aún, girando alrededor de su madre, angustiado y obsequioso, tratando de convencerla sin lograrlo, de lo bien que había hecho los quehaceres de la casa. De súbito enfurecido, se paró y se encaminó al baño, gritó: ¿Y mi papá? ¿Dónde está mi papá?
Revientan las ventanas.
Al abrir los ojos ya no encontró la casa, el escenario era otro. Por una ventanilla vio pasar nubes y cielo, estaba muy cansado. Alguien lo desconectó y lo volvió a conectar al aire que respira, la sirena es insoportable, de pronto cesó. Escuchó que estaba muriendo, que no llegaría a urgencias. Eso sí fue claro.
2014 - 2026
Para Angélica Parra
